Por: Sebastian Giraldo

Los títulos por definición tienen varias connotaciones, merece la pena repasar algunas de ellas sobre todo en el entorno de esta sociedad tan agobiada y doliente. ¡Empecemos!

En la web de la RAE, podemos encontrar una página entera con sus definiciones, que van desde el nombre que se da para distinguir una obra o separación de sus contenidos; una causa, motivo, razón o pretexto; o el mejor de todos, pero casualmente el más olvidado: Renombre o distintivo con que se conoce a alguien por sus cualidades o sus acciones. Puesto que el significado nobiliario en que se han convertido los logros académicos y lo que pueda representar en bienes es lo único que pareciese interesar en estos tiempos.

Alguna vez conocí a un taxista quien hablaba la “bobadita” de seis idiomas, no bastándole con eso, el tipo también conocía sobre técnicas de sanación alternativas, RCP, y además conocía todas las recetas que se le pudiera ocurrir a cualquier persona.

En alguna de las ocasiones que cruzamos palabras, me comentaba que el taxi no estaba dando para la familia puesto que el proyecto musical de su esposa (quien es una gran compositora), era bastante costoso, y que aún antes de esto, se estaban viendo a gatas. En ese instante le sugerí que iniciara como docente de idiomas, o que iniciara como chef en algún lugar mientras ponía a algún hijo a conducir el taxi y aumentar los ingresos de su familia. – Ha sido su respuesta lo que dio inicio a esta reflexión. – dijo: “Lo he intentado, pero lo primero que me piden es tener algún título que certifique todo lo que sé” le pregunté si le harían pruebas de suficiencia de conocimientos, pero me indicó que ese primer filtro es que lo dejaba por fuera, así como a muchos otros empíricos que han aparecido a lo largo de mi vida y que me atrevería a decir, le pueden dar cátedra a cualquier profesional hasta con doctorado.

¿En qué momento se hizo más importante el papel que el saber?

¿En qué momento esa palabra que servía para reconocer a alguien sus cualidades o habilidades se convirtió sólo en un objeto nobiliario?

Estas preguntas seguirán sin respuesta entre tanto nuestros profesionales de hoy sigan concentrados en sus normas ISO y demás estándares que dejan por lado la humanidad de la persona. No niego que estas ayudan, pero sí critico que solo se centren en algunos aspectos limitados de lo que puede ser una persona.

Estamos en un momento en el que debemos reconsiderar qué hace que le demos valor a una persona o mejor aún, cómo reconocemos verdaderamente sus habilidades o cualidades.

No somos conscientes de cuántos verdaderos talentos estamos dejando por fuera de nuestras organizaciones únicamente por no tener ese distintivo que más que académico es nobiliario y que alimenta el ego de cualquiera.

¡Es sólo una humilde opinión!

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