Por Alvaro David Pérez.

En la historia de la humanidad, es bien sabido que el continente americano más que descubierto fue invadido. Pues esta historia no solo es verdadera para la tierra si no para la cocina. Este colorido continente el cual habitamos, está lleno de sabores, colores y aromas que confunden al más digno crítico gastronómico, que empalaga al más duro y detractor de la cocina criolla, que enceguece al más habido observador de productos y recetas raras.

Es este el hábito efímero del comer; pero este sentimiento tan fugaz se esconde tras bambalinas cuando aparece desde el norte la cultura mexicana con sus chiles y variedad de combinaciones que al parecer salieron de las memorias de novelas que aún no se descubren. El frijol refrito, el maíz, el cilantro, el aguacate como insignia de una de las más antiguas y dedicadas civilizaciones (azteca), enrojecen las mejillas de sus comensales.

Bajando ya hacia los mares templados del agitado continente llegamos a una de las culturas cuyos invasores pasados ayudaron a la gran mezcla de aromas y sabores gastronómicos. Hemos llegado al caribe colombiano y venezolano que nos inundan con su brillo lleno de coco, yuca, pescado, y quesos que salen de esas sabanas amarillas en donde el ganado es rey impoluto. No haciendo menos distintiva, el Perú siendo y considerado el mayor exponente de cocina hacia el mundo de esta parte del globo terráqueo, sale con un bello arcoíris de platos que a ciencia cierta solo se opacan por la historia maravillosa de su cultura.

Seguimos bajando para llegar finalmente a las pampas, estas tierras que llenas de elegancia enmarcan en un cielo creído la más rica y fastuosa gama de carnes que puede haber en esta parte del mundo, su impecable chimichurri amalgama diferentes culturas que sobresalen al mezclarlo con carne y papas.

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