Por: Germán Darío García Largo.

Violencia-mujeres

Al cumplirse un año del asesinato de Rosa Elvira Cely; el horror vuelve a  tomarse nuestra realidad con otro crimen atroz de las mismas características. La nueva víctima es de nuevo una mujer, la señora emperatriz Romero Rodríguez de noventa años;  que fue violada y empalada por su nieto, Carlos Enrique Capera. La violencia con este   tipo  de demencia  y sadismo se instala en la sociedad colombiana y con más frecuencia se oyen casos como éste, ¿nos estaremos acostumbrando?

Es la pregunta que nos hacemos cuando escuchamos o vemos noticas de este tipo. Las masacres son pan de cada día,  que haya una nueva en algún pueblo, corregimiento o vereda de nuestro país es normal. Lo peor es que a veces los presuntos culpables sean los encargados de cuidarnos, la Policía y el Ejercito.

La violencia  en el país está diversificada y nos llega desde muchos frentes posibles; guerrillas que llevan más de 50 años, de los cuales las tres últimas décadas las llevan matando a nuestros campesinos y a cualquiera que no piense como ellos o los ayuden  en su causa de “la revolución”.

Para combatir a estos buscadores de la igualdad y la lucha social;  un grupo de personas que estaban cansados de los atropellos crearon los paramilitares como solución alternativa al conflicto,  al no dar abasto con las fuerzas legales del país; pero ellos no fueron ninguna solución y muy por el contrario fueron un problema nuevo para Colombia.

Son años más de 50 años de guerra interna en donde las balas vienen desde diferentes ángulos. Sin dejar de lado el narcotráfico y la delincuencia común, con lo cual la muerte se ha vuelto algo tan normal para el colombiano como el café,  las flores, el fútbol o la corrupción.

Somos una sociedad que se acostumbró al horror, y como si no tuviéramos suficiente con lo anterior. Ahora estamos encontrando casos como los de María Elvira y la señora Emperatriz, que no solo arrugan el alma del colombiano, sino que nos ponen a pensar si tantos años de violencia ya están minando la conciencia del país, de las personas del común que ya no creen en el valor de la vida y la dignidad del ser humano.

La violencia contra la mujer y los niños ha comenzado a ser más brutal y demencial, ya no es raro  que   cada semana en los noticieros se vea por lo menos un asesinato o violación de algunos de ellos. La guerra y sus implicaciones ya se mueven en la ciudad, rondan por nuestras calles,  la muerte  por un celular,  que barrios enteros sean amenazados por pandillas y que nuestros jóvenes mueran cada noche.

La muerte se ve muy de cerca, el horror duerme a unos pocos pasos de nuestras casas, lo tenemos tan impregnados en nuestros cuerpos que hasta los ratos de ocio tratan de estos temas escabrosos. Porque  ahora también consumimos violencia, los principales seriados y novelas del país  la presentan,  los canales se defienden  y algunos de sus argumentos son: no perder la memoria de nuestra historia y mostrar la realidad con productos audiovisuales  como los patrones, las muñecas, los caines, las prepagos, las sin tetas, los carteles; son las grandes producciones del país, son lo que damos a toda nuestra sociedad y lo que exportamos como entretenimiento.

No es criticar que veamos este tipo de programas, pero los colombianos nos estamos hartando de tanta muerte, así sea televisiva. La paz es algo que necesita el país para que nuestra generación que viene vea un uno mejor, donde un asesinato indigne y no sea un hecho normal.

La muerte no se puede tomar nuestra sociedad, el horror no puede ser un titular más de noticiero o periódico, nuestros niños no pueden seguir hablando y aspirar a ser sicarios o grandes señores de la guerra, las mujeres no pueden seguir siendo asesinadas, maltratadas y violadas, nuestro niños tiene que sonreír y no llorar asustados al ver a sus padres, los campesinos deben cultivar la tierra y  no mancharla con su sangre, nuestras ciudades no pueden permitir un asesinato más.

¡SIMPLEMENTE, NO MÁS!

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